
Joveret Majané Kaitz 2015

Tnuá Israel Hatzeirá
Nacionalismos en Europa, crisis identitaria judía
La Revolución Francesa no desató solamente las fuerzas
del liberalismo y secularización, sino también las del
nacionalismo. El judío moderno, secularizado y educado,
desprendido de muchas de sus características particulares se halló
sin embargo enfrentado con la dificultad de relacionarse a una
sociedad no judía que, a pesar de su adhesión a principios
universalistas, consideraba su propia identidad en términos
nacionales. La autopercepción religiosa de la sociedad gentil no
fue reemplazada por una fraternidad universalista y no
diferenciada, sino por una nueva identidad caracterizada por el
nacionalismo, la etnicidad, el idioma y la historia en común, real
o imaginaria. Si bien los individuos dejaron de considerarse
primordialmente como cristianos y a sus vecinos como judíos en el sentido religioso, comenzaron a reconocerse a sí mismos como franceses, alemanes, rusos, polacos, húngaros.
En este mundo de creciente nacionalismo ingresó el judío moderno y emancipado, y en él se vio confrontado a nuevos dilemas de identidad, tanto internos como externos. Ningún individuo judío había querido entrar a la antigua sociedad cristiana como judío, pero ahora que la sociedad se fundaba sobre una base universalista, quedaba aún la cuestión de si el individuo judío podía auto-considerarse, y ser considerado por los demás, francés, alemán o polaco. Cuando los niños franceses aprendían en la escuela que sus antepasados fueron los galos, ¿podía el niño judío realmente identificarse con Vercingetórix, y lo verían realmente sus compañeros como descendiente de los antiguos galos? ¿Podían los estudiantes alemanes considerar en serio que su compañero judío era un verdadero descendiente de Arminius?
El carácter abarcador y universalista de la Revolución Francesa fue atemperado en todas partes por el exclusivismo historicista del nacionalismo moderno. Lo que en última instancia chocó a Teodoro Hertzl durante el caso Dreyfus no fue solamente el virulento antisemitismo que se extendió a tantos sectores de la sociedad francesa. Lo que le pareció a Hertzl más escandaloso fue el hecho de que allí se hablaba de un individuo judío completamente emancipado, exitosamente integrado y altamente secularizado. Es muy difícil ser más nacionalista francés, más militarista y más “no judío” en el sentido estereotipado del mismo, que el capitán Alfred Dreyfus. Y cuando la sospecha de traición fue conocida y resultó que uno de los sospechosos era Dreyfus, el consenso público tendía a decir “Bueno, por supuesto, sí, debe haber sido él; después de todo, no es realmente francés, es judío”. Nada podría haber significado un golpe tan grande a la promesa de emancipación y la asimilación como esta reacción visceral: Haz lo que quieras; para nosotros, verdaderos franceses, verdaderos descendientes de los antiguos galos, tú no eres más que Judas.
Este dilema de identidad judía no podía ni siquiera ser resuelto a través de la conversión religiosa. Mucho del nacionalismo moderno se remonta a los orígenes y está cubierto de un determinismo cultural y racismo. Aún si se obvian estos extremos, el problema cultural con el cual se enfrenta el judío moderno se hace insoportable. Fue especialmente agudo en Europa Oriental, donde vivían en ese entonces la mayoría de los judíos, precisamente porque en esas zonas los movimientos nacionales competían entre sí, y los judíos se encontraron a sí mismos en medio del fuego cruzado.
Imaginemos el problema de un judío moderno y emancipado, viviendo en Lituania a mediados del siglo XIX. Tiene un hijo al que desea enviar a la escuela para que obtenga una educación general, habiendo superado él mismo el tradicionalismo judío. ¿Pero a qué escuela? Políticamente la zona pertenece al imperio zarista, de ahí que la escuela estatal es una escuela rusa. Sin embargo, existe una considerable minoría polaca en Lituania y también vive en la zona una significativa minoría alemana, cuyo su Gymnasium ofrece lo mejor de la educación y conciencia alemanas. Asimismo, el naciente nacionalismo lituano se encuentra en ascenso y va estableciendo un sistema escolar propio. Al no querer dar a su hijo una educación “religiosa judía”, el padre descubre que también es incapaz de ofrecerle una educación general o universal. Deberá elegir entre la educación rusa, polaca, alemana o lituana.
Renacimiento del hebreo
Es por eso que como consecuencia de las tribulaciones de la identidad judía en la encrucijada de los nacionalismos enfrentados, surje en Lituania a mediados del siglo XIX el renacimiento del idioma hebreo como medio de comunicación literario y no religioso. Si polacos y lituanos podían sondear en sus respectivas historias y forjar su propia identidad nacional moderna en el yunque de su pasado, ¿por qué no iban los judíos a seguir el ejemplo moderno y liberador? Los judíos siempre utilizaron el hebreo en sus rezos y escritos religiosos, pero ahora se trataba de un renacimiento del hebreo como un idioma para novelas y poemas, artículos polémicos y folletines periodísticos. Este desarrollo era herético a los ojos de los rabinos, que veían en él una secularización del idioma sagrado.

Autoconciencia nacional judía
Los judíos modernos y secularizados comenzaron a investigar los orígenes de su
cultura, las raíces de su historia, a exaltar las glorias de Ierushalaim, a preguntarse
acerca de su propio pasado tal como lo hacían los miembros de otros grupos.
Así el liberalismo y el nacionalismo crearon en estos judíos el inicio de una nueva
autoconciencia, no determinada ya por la religión, sino semejante al nacionalismo
moderno y secular de Europa. El desarrollo de una nueva literatura hebrea, la de la
Haskalá, fue el primer paso en esa dirección. Y es significativo ninguno de los fundadores
del sionismo moderno era de origen religioso y tradicional, todos tenían educación europea. Su compromiso no era económico ni religioso: respondían – igual que los líderes negros de Estados Unidos un siglo después – al desafío de su identidad, buscaban sus raíces y adquirían el sentido de la dignidad en una sociedad que los había desarraigado de sus orígenes religiosos y tradicionales y que no les había procurado respuestas adecuadas para sus búsquedas.
Los judíos que emigraban a Palestina, Eretz Israel, no sólo escapaban de los pogroms y tampoco se inclinaban hacia la seguridad económica y el éxito, puesto que la Palestina otomana estaba muy lejos de ser un paraíso económico. Ellos anhelaban la autodeterminación, la identidad, la liberación dentro de los conceptos de la cultura europea posterior a 1789 de su propia y reciente autoconciencia.
El nacionalismo judío fue entonces un aspecto específico del impacto de las ideas y el desarrollo social desencadenado por la Revolución Francesa y la modernidad. Fue mucho más una respuesta a los desafíos del liberalismo y el nacionalismo que una mera reacción al antisemitismo, y por esta razón no podía haber ocurrido en ningún período anterior a los siglos XIX y XX.
Así es como surje la revolución más fundamental en la vida judía: La autoidentidad tradicional, ortodoxa y basada en la religión fue sustituída por una autoidentidad secular de los judíos como nación. La esperanza pasiva, quietista y piadosa del Retorno a Sión fue cambiada por una fuerza social efectiva que movió a millones de personas a Israel. Un idioma relegado al uso ritual fue transformado en la forma de comunicación secular de un estado-nación.
Esta revolución es tanto parte de la historia judía de dispersión y retorno, como de la historia universal de la liberación nacional y la búsqueda de la autoidentidad y autodeterminación. Esta revolución se llamó Sionismo.

